miércoles, 20 de julio de 2011
divagaciones sobre bien y maldad
Recuerdo un momento de mi vida en que me di cuenta de ciertos impulsos y pensamientos que yo calificaba de negativos, en ese entonces era muy niña y muy creyente en dios, así que recuerdo haber ido a la capilla y haberme escondido detrás de el altar, debajo de una imagen de Jesús crucificado y recé, le pedí que me hiciera buena con todas mis fuerzas. No sé porque tenía tanto miedo de convertirme en una mala persona, creo que hasta el día de hoy persiste en mí un miedo a actuar mal. Cuando salí de cuarto medio yo ya no creía en la iglesia, ni en dios. No tengo una explicación clara de porqué dejé de creer, fue sólo algo que dejé de sentir. Para mí al final lo importante siempre fue actuar correctamente, sin temer a un infierno y sin esperar un cielo. Sabia ya bien que mi infierno era el peso que podía imponer mi propia consciencia. Ahora la tarea más difícil es descubrir que es actuar bien, qué es lo correcto, nunca pensé en la posibilidad de tener tanta influencia en la vida de otras personas, mis actos pueden herir hondamente a los otros. Dan ganas de salir corriendo y no dejar que nadie se te acerque. Pero la línea se vuelve difusa, cuando mis sentimientos me impulsan a buscar la cercanía de alguien. Entonces realmente no sé cómo actuar, porque el amor me vuelve vulnerable y débil, la opción de huir deja de ser posible. Y ya no soy capaz tampoco de exponerme a los daños cómo la primera vez, soy precavida y pongo mis escudos, mis salvavidas y mis pasos se vuelven lentos y temblorosos y cuando me veo amenazada retrocedo, observo y espero.
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